Un día cualquiera en la vida de Luna, 2035

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Luna abre los ojos a las 7:30. No suena ninguna alarma. Solo la voz baja y suave de AURA, su asistente de inteligencia artificial, que le susurra desde algún rincón invisible que es hora de empezar. Afuera, el sol ya dibuja reflejos en el cristal. No hay prisas. No hay mochila. No hay autobús. La escuela no tiene paredes.

Mientras desayuna, repasa en su tableta el proyecto sobre microplásticos. El té humea en la taza. Al otro lado del mundo, sus compañeros —una chica de Rosario, un chico de Osaka, otra estudiante de Ciudad del Cabo— ya están conectados. Hablan de océanos y basura, de soluciones posibles. Hoy se adentrarán juntas en el fondo marino a través de Dreamscape, una plataforma donde el aprendizaje se parece más a una película que a una clase.

Se pone las gafas. El mundo se transforma. Arena, peces, redes abandonadas flotando como espectros. Luna lanza preguntas, prueba hipótesis, conversa con científicos que no existen pero responden como si fueran reales. Ella no memoriza: experimenta.

Después, graba un vídeo explicando su propuesta. No hay nota numérica. Su mentora —una profesora de carne y hueso, con ojeras suaves y sonrisa honesta— le envía una nota de voz: le habla de su claridad al expresarse, de lo que podría explorar un poco más, de lo que le hizo pensar su idea. La IA también aporta lo suyo. Dice que podría usar otra fuente. Que ha mejorado su razonamiento lógico. Que se nota que ha dormido bien.

Por la tarde, debate con su grupo sobre si las inteligencias artificiales deberían tener emociones. Ella escucha. Piensa. No está segura de su opinión. Lo dice. Nadie se burla.

Antes de cerrar el día, vuelve a conectarse. Esta vez no es para estudiar, sino para crear. En la plataforma Global Nomads programa un asistente virtual para ayudar a personas mayores a consumir menos energía en casa. Cuando lo termina, sonríe. No es perfecto, pero funciona.

A veces, Luna se pregunta cómo era antes. Su abuela le contó que las clases eran largas, los exámenes infinitos, y que aprender era, a menudo, sinónimo de obedecer. A Luna le cuesta imaginarlo.

Para ella, estudiar es otra cosa. Es descubrir. Dudar. Equivocarse. Volver a empezar. No sabe qué querrá ser de mayor. Pero sabe que aprender no se acaba. Que seguirá. Que lo lleva dentro.

Y mientras se quita las gafas y apaga la tableta, piensa que, tal vez, ser estudiante en 2035 se parece mucho a ser una exploradora del mundo. Solo que sin moverse de casa.

PARA SABER MAS. FUENTE : Guillermo José Navarro del Toro, Universidad de Guadalajara
https://theconversation.com/un-dia-en-la-escuela-de-2035-la-educacion-del-futuro-sera-inmersiva-colaborativa-y-con-inteligencia-artificial-259649

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