
¿Reenvías correos electrónicos sin cuestionar su contenido? ¿Te identificas rotundamente con una creencia sin analizar sus fundamentos? Tranquilo, la respuesta a estas preguntas nos atañe a todos en mayor o menor medida. A menudo se dibuja una línea divisoria simplista entre el creyente, tachado de prisionero de tradiciones acríticas, y el ateo, idealizado como un ser de «racionalidad libre». Sin embargo, esta representación resulta, a todas luces, ingenua.
Yo misma, como atea, he modulado mí perspectiva, dejando de considerar a los creyentes como inherentemente menos cultos. Esta reconsideración surgió en, en parte, cuando entendí que tanto la fe como el ateísmo pueden ser asumidos por simple ósmosis cultural, como respirar una atmósfera no elegida pero que moldea nuestro ser. El ateísmo contemporáneo, especialmente en Occidente, no emerge de la nada como una iluminación personal, sino que es tributario de una larga tradición ilustrada, cientificista y secular. En otras palabras, también el ateísmo forma parte de una tradición, una más reciente, pero tradición al fin. Declarar no creer puede ser tan superficial como declarar creer, a menudo una cuestión de gusto, pertenencia o moda.
De manera similar, Carl Sagan nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de la ciencia, definiéndola no como un mero conjunto de conocimientos, sino como una forma de pensar, una manera de mirar el mundo. Esta «cultura científica» no se limita a científicos en laboratorios, sino que representa una manera de entender, observar y vivir. Su origen se encuentra en una necesidad humana fundamental: entender el porqué de los fenómenos naturales. Desde tiempos ancestrales, la humanidad ha buscado respuestas a través de mitos y la observación, pero fue la Revolución Científica entre los siglos XVI y XVII la que marcó un punto de inflexión.
En este periodo, pensadores como Galileo y Newton comenzaron a cuestionar la aceptación de la verdad basada únicamente en la autoridad o la tradición. Lo esencial de sus descubrimientos no fue solo el qué, sino el cómo: observando, experimentando, dudando y corrigiendo. Así nació el método científico, una forma de investigar basada en pruebas, repetición, razonamiento lógico y apertura a la corrección. Este método no es solo una técnica para científicos, sino una actitud frente al conocimiento.
Ahora bien, la ausencia de un razonamiento profundo no es exclusiva de las posturas religiosas, sino que también puede aplicarse a las ateas. Esto no implica que todas las creencias sean equivalentes, pues la verdad existe como un horizonte que, aunque inalcanzable, nos orienta. Y existen modos más confiables que otros para aproximarse a ella. La ciencia, en este sentido, se presenta como una prótesis epistémica de primer nivel, una herramienta externa que compensa las limitaciones de nuestro entendimiento.
Sin embargo, no debemos confundir el instrumento con el órgano: nuestra mente no opera naturalmente con el rigor del método científico. Necesita ser corregida y disciplinada. Incluso así, nuestro conocimiento, salvo en áreas restringidas como la física o las matemáticas, suele ser prestado, delegado. Creemos porque otros creen, dejamos de creer por la misma razón, y decimos saber porque otros nos han dicho que saben. Nos movemos por el mundo apoyados en la autoridad de expertos, maestros y comunidades. Ya sea un púlpito o una cátedra, depositamos una fe laica en la voz del otro, no por pereza, sino por la imposibilidad de saberlo todo.
Desde esta perspectiva, estar inmerso en una Iglesia o en la sociedad secular presenta similitudes: en ambos casos se participa de una ortodoxia, aceptando dogmas sin verificación personal y repitiendo eslóganes como un credo. ¿Es la democracia el mejor sistema posible? Tal vez, pero lo asumimos porque vivimos en una comunidad que lo proclama como axioma. Así como la Iglesia custodia verdades reveladas, la sociedad custodia consensos heredados.
Esto no niega la posibilidad de la verdad, sino que reconoce nuestra inevitable distancia respecto a ella. El conocimiento real requiere pluralidad de voces, libertad de expresión y datos abiertos, condiciones raramente simultáneas en la vida social. Aunque el relato nunca desaparece, siendo toda interpretación una narrativa, algunas se acercan más a los hechos que otras.
La ciencia se distingue por reconocer su falibilidad, lo que permite su refutación. Su método se basa en la falsación, no en la confirmación. Como el sabio de Delfos, la ciencia sabe que no sabe, y por ello avanza. No obstante, este método funciona mejor en entornos controlados como laboratorios. En el mundo social, reina la ambigüedad, y tanto creyentes como ateos terminan creyendo lo que han oído y lo que su entorno sostiene.
Por lo tanto, el verdadero desafío no radica tanto en qué creemos, sino en cómo creemos. ¿Estamos dispuestos a someter nuestras certezas al mismo escrutinio que las ajenas? ¿Nos atrevemos a considerar que nuestras convicciones podrían ser fruto de una tradición tan rígida como cualquier religión?. En última instancia, todos vivimos de préstamos cognitivos, y la humildad epistemológica no es una renuncia a la razón, sino su más alta expresión.
Esta tendencia a adoptar creencias se ve reforzada por nuestra naturaleza imitativa. Copiamos a otros para adquirir habilidades útiles (sesgo de prestigio) y para integrarnos en un grupo (sesgo de conformismo). El deseo de pertenencia nos predispone a imitar, especialmente cuando el temor a la exclusión social es mayor. Esta necesidad de encajar podría explicar por qué las certezas sobre las creencias, ya sean religiosas o seculares, a menudo provienen del azar de haber nacido en una tradición específica, más que de una comparación crítica y exhaustiva.
La cultura científica, en contraposición a la simple aceptación de dogmas, nos ofrece herramientas para navegar esta complejidad. Implica valores como la honestidad al admitir la ignorancia, la humildad al reconocer errores y la colaboración para el avance del conocimiento. También nos capacita para protegernos del engaño, distinguiendo entre ciencia real y pseudociencia.
Sin embargo, a pesar de sus beneficios, la ciencia a menudo genera rechazo. Esto puede deberse a su lenguaje técnico y abstracto, a una comunicación deficiente que la aleja del público general, a su confusión con intereses de poder, al miedo a cambiar de ideas arraigadas, a la comodidad de la ignorancia o al reconocimiento de errores y sesgos históricos dentro de la propia ciencia.
La solución no es imponer la creencia en la ciencia, sino acercarla con humildad y claridad. La cultura científica es esencial hoy más que nunca para entender los desafíos del mundo: el cambio climático, las pandemias, la desinformación. No se trata de convertirnos en expertos, sino de desarrollar un pensamiento crítico, de poder hacer preguntas significativas y de participar informadamente en las decisiones que nos afectan.
En definitiva, la invitación de ambos textos converge en la importancia de cultivar una mentalidad inquisitiva y reflexiva. Más allá de la dicotomía entre creer o no creer, se encuentra el desafío de cómo pensamos y cómo adquirimos nuestro conocimiento. La ciencia, entendida como una cultura del pensamiento crítico, ofrece un camino para aproximarnos a la verdad con humildad, reconociendo la influencia de nuestras tradiciones y la necesidad constante de someter nuestras certezas a un escrutinio riguroso. Adoptar una cultura científica no es abrazar un nuevo dogma, sino desarrollar la capacidad de cuestionar, analizar y aprender de la evidencia, permitiéndonos así navegar un mundo complejo con mayor discernimiento y libertad.





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